El imperio en Libia y el Imperio en África
Cuando se escribe al filo de los acontecimientos, a la misma velocidad de la historia, la razón y la ecuanimidad corren un cierto riesgo. Porque la vida es el motivo de la pasión, pero es la pasión el motor de la vida y no se puede andar haciendo academia y filosofía cuando miles de hombres y mujeres caen despedazadas por los bombardeos de un Imperio, que sería evidente para toda la humanidad si no existiese un ocultamiento concertado por parte de la enorme mayoría de los medios de comunicación.
Algunos amigos me han advertido sobre ese riesgo al comentarme ciertos artículos que he escrito sobre la intervención de la OTAN en Libia, o el golpe de Estado Internacional que dio Francia y el Consejo de Seguridad de la ONU contra Laurent Gbagbo en Costa de Marfil hace unos pocos meses. Me dicen, con afecto: “loco, cuidado con la moto, que no es lo mismo denunciar al Imperio que defender a cualquier psicópata y tirano que se le ponga en frente”.
Yo entiendo a los amigos que así me advierten. Lejos de intentar censurarme, intentan cuidarme de mis pasiones o de mis apasionamientos. Pero me permito pedir también un margen, porque creo que todavía no me entrevero con tanta facilidad, y el peor error que reconozco en la materia a lo largo de mis años de columnista no fue un error por mi vehemencia, sino de puramente ingenuo y bien intencionado, cuando creí y escribí que Barack Obama podía constituir una alternativa de cambio progresista en beneficio de toda la humanidad.
Nunca imaginé que Obama iba a resultar en semejante monstruo de cinismo y descaro, capaz de ordenar asesinatos selectivos e invasiones con aviones teledirigidos, usando el premio Nobel de la Paz como el báculo de un obispo infernal y declarando urbi et orbi que los últimos acontecimientos demuestran que su gobierno recuperó para los Estados Unidos el papel de gendarme universal. “Esta semana, tuvimos dos poderosos recordatorios de cómo hemos renovado el liderazgo estadounidense en el mundo” – dijo. Uno de esos “recordatorios” es el asesinato sin juicio, tras ser torturado, humillado, incluso sodomizado –según se afirma ahora- por una jauría humana, del líder libio Muammar al Gaddafi, posteriormente exhibido en el congelador de una carnicería.
Siento que Gaddafi murió como un valiente y como un patriota. Cayó en la defensa de su ciudad natal, Sirte, luego de que el convoy que lo trasladaba fuera atacado por un misil Hellfire lanzado por un dron Predatorestadounidense –según dice el Pentágono – y un bombardeo de la aviación francesa – según dice el gobierno de Sarkozy-, tras ser localizado por obra de la inteligencia de la BND alemana –de acuerdo a lo que publicóDer Spiegel -, y apresado por un grupo multinacional donde incluso había paramilitares colombianos – según puede verse en varios de los videos donde entre los gritos en árabe, hay milicianos discutiendo en español si lo fusilan o no-. Aunque, naturalmente, Hillary Clinton diga ahora que fueron los “libios comunes”, tratando de enmendar su sonoro “wooooow, ” cuando le pasaron el blackberry con el video de youtube y, ostentando una sonrisa triunfantee inocultable, le bajó la primera línea a sus colaboradores: “No confirmado, no confirmado… lo hemos tenido tantas veces…”
Sobre Sirte se escribirán leyendas en Libia y en el África. Una pequeña ciudad con apenas cien mil habitantes, menos de la décima parte de Montevideo, casi la mitad de Maldonado, que resistió una embestida continua de las fuerzas conjuntas del Imperio durante casi dos meses como destinataria exclusiva. Algunos expertos dicen que apenas pudieron escapar veinte mil a treinta mil personas, por lo que el número de muertos en la Numancia libia habrá alcanzado, por lo menos, las cincuenta mil personas. Pese a ello, no pudieron encontrar todos los medios de comunicación del Imperio ni un solo testimonio contrario a la Yamahiriya en toda Sirte. Como no lo habían podido hacer antes en Ras Lanuf, que con diez mil habitantes, resultó inconquistable sin la aviación de la OTAN. Como no habían podido encontrar ninguna prueba de los supuestos bombardeos a la población civil que habría perpetrado Gaddafi, como no pudieron encontrar ninguna prueba del supuesto genocidio que obligó a sus conciencias a “intervenir humanitariamente”.
Destruyeron Libia sin aportar ni una sola prueba. Realizaron veinte mil incursiones aéreas con decenas de miles de muertos. Bombardearon hospitales, escuelas, barrios, poblados y villas. Destrozaron toda la infraestructura construida a lo largo de décadas. Armaron a un ejército de locos, cuyo primer objetivo fue matar a los negros por puro racismo, que en menos de 48 horas desde que liquidaron a Gaddafi, ¡reinstalaron laSharia como fuente de Derecho!, luego de que la revolución libia había logrado la secularización y la igualdad de las mujeres. Deshicieron un país casi sin desempleo, sin miseria, al punto que tenía dos millones de inmigrantes en un total de seis millones de personas, trabajando y sin xenofobia, porque la revolución libia seguía siendo panafricanista.
¿Por qué tenemos que asumir la propaganda imperial? ¿Por qué es necesario aclarar que uno no está de acuerdo con las tiranías o con el gobierno de Gaddafi antes de denunciar al Imperio? ¿Qué sabemos desde acá? ¿Cómo sabemos que el pueblo libio no lo quería? ¿Por qué ignoramos que la educación libia era gratuita, o el acceso a la salud era universal y gratuito? ¿Por qué ignoramos que lograron vencer al desierto con una de las más impactante obras de ingeniería del mundo, que es el gran río artificial libio, o que tenían más reservas económicas que todo el Mercosur juntos? ¿Por qué tenemos que creernos lo que nos dicen los medios occidentales, que nos han mentido tantas veces para justificar colonizaciones?
Hace cincuenta años los “rebeldes demócratas” no venían de Bengasi, sino de Katanga. El malo no era Gaddafi, sino Patrice Lumumba. Pero la ONU intervino, también en teoría para proteger a la población civil, y le terminaron dando el poder a los supuestos rebeldes de Mobutu, que además de un peón del Imperio, resultó un genocida extraordinario que se robó un monto superior a la deuda externa de su país. Contra él fue a pelear hasta el Che.
Y a Patrice Lumumba, héroe entre héroes de las luchas anticolonialistas africanas, lo derrocaron, lo detuvieron, lo torturaron y lo asesinaron, según la prensa y la ONU, fueron “campesinos enfervorizados”, los mismos que luego disolvieron su cuerpo en ácido sulfúrico para que no quedaran ni sus despojos en el mundo.
Tuvieron que pasar más de cuarenta años para que Bélgica reconociera su participación en el asesinato de Lumumba y se hiciera pública la Operación Barracuda y se conociera la orden del presidente del Imperio de la época, Dwight D. Eisenhower, que ordenó al director de la CIA, Allan Dulles que el líder congoleño debía “ser eliminado”, en esos términos. Fue casi una fotocopia de la operación que se aplicó ahora en Libia, donde tampoco faltaron ni los rebeldes democráticos, ni la ONU protegiendo la población civil, ni los grandes medios alcahuetes del poder, ni la orden explícita del Imperio, que en la persona de su secretaria de Estado, Hillary Clinton, estuvo en Trípoli dos días antes del asesinato de Gaddafi expresando que Estados Unidos quería ver a líder libio “capturado o muerto”.
¿Y qué habrán dicho los medios de comunicación del mundo cuando mataron a Patrice Lumumba? Dijeron lo mismo e incluso peor que lo que están diciendo ahora de Gaddafi. El diario El País de Montevideo, por ejemplo, nuestro inefable periódico caganchero, publicó sobre el magnicidio de Lumumba el 13 febrero de 1961, semanas después de la ejecución del símbolo heroico de África, un editorial con algunos pasajes que no deberían olvidarse nunca. En particular un párrafo, dedicado a personalmente a Patrice Lumumba:
“Es un negro que va dando demasiado trabajo. ¿Existe realmente? ¿O es la personificación de un sinnúmero de negros turbulentos, desorbitados, criminales si es necesario, contradictorios casi todas las semanas, que dan un deplorable espectáculo de la incapacidad para gobernar? Después de oír hablar durante muchos meses del mismo personaje, de ver un retrato que aseguran ser de él, la verdad es que ya no sabemos si existe o lo inventaron para hacer creer que los negros tienen hombres capaces de gobernarlos” (El País, 13 de febrero de 1961)
Y hay quienes me piden ecuanimidad.
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